Posteado por: terciocatolico | julio 18, 2008

18 de julio

Hoy recordamos aquel 18 de julio de 1936 en que, según se desprende del sentido de la historia, se desencadenó, por fin, la lucha a muerte que empezó el 2 de mayo de 1808. Bicentenario y LXXII aniversario se unen en este día. La excelente obra de Luis Romero “Tres días de julio” nos invita a sumergirnos en esas realidades humanas, que guiadas por un destino trascendental entonces oculto, cumplieron con su deber más allá de una observancia normal alcanzando el heroismo.

Aprovechamos, asimismo, para enlazar con la obra de nuestro amigo Paco Berrocal, publicado en el espacio digital que dirige “Alto y Claro, en que supera a la obra de Luis Romero, ya que, se desliza no sólo en la narración periodística, sino en el análisis militar con una cronología detallada y exquisita que hace seguir sin dificultad el hilo argumental.

Si por un lado, hoy es día de recuerdos, de rancias nostalgias, éstas no deben ser motivo de anclajes formales, sino de sillares fortalecidos. La respuesta de 1808, de 1821, de las tres guerras carlistas y la de 1936, todas ellas Cruzadas como han demostrado prestigiosos historiadores como don José Antonio Gallego, o maestros de filosofía como don Rafael Gambra; fueron respuestas violentas ante hechos violentos. Hoy por hoy es imposible pensar, ante los hechos violentos de la apostasía (de traición a Dios y de traición a España), en otra respuesta de fuerza. La fuerza, esta vez está en la resistencia. A muchos alimentadores de vanas esperanzas hay que pararles los pies en seco. Sí, todos sabemos como el veneno de esperar la victoria manu militari echa por la borda los mejores años de muchos jóvenes de buena voluntad. El trabajo de respuesta actual pasa por una labor de reconstrucción moral de la que nadie está exento. Sólo Dios sabe cuando estarán aguzadas las flechas y tendidos los arcos.

Sin más, nos parece adecuado reproducir unos fragmentos aquí y hoy, por ser hoy, de un documento Magisterial como es la Carta Pastoral Colectiva de los Obispos Españoles de 1937:

“Casi todos los obispos que suscribimos esta carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra”.

“Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla a nuestros hijos de uno y otro bando las palabras del Apóstol: El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañas de Jesucristo”.

“Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española, afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva ni un cúmulo semejante producido en pocas semanas de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana”. “Prueba elocuentísima de que la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Los sacerdotes asesinados sumarán unos 6.000. Se les cazó como perros, se les persiguió a través de los montes, fueron buscados con afán en todo escondrijo.
Se les mató sin juicio las más de las veces, sin más razón que su oficio social”.

“La revolución fue crudelísima: Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda.”

“La revolución fue inhumana: No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aun la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y los cementerios”.

“La revolución fue bárbara, en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos. Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos, imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos de orden jurídico y social”.

“La revolución fue esencialmente antiespañola: La obra destructora se realizó a los gritos de “¡Viva Rusia!”: a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de la patria”.

“Pero sobre todo la revolución fue anticristiana: No creemos que en la historia del cristianismo, y en el espacio de unas semanas, se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el sacrílego estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los Sin-Dios, en Moscú, pudo decir: «España ha superado en mucho la obra de los soviest, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada»”.

“Contamos los mártires por millares. Su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria, pero casi no hallaríamos en el martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión, y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y las máquinas modernas. El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo en los centenares de crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en la reiterada profanación de las sagradas formas: podemos adivinar el amo del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas.

Agradecemos a la prensa católica extranjera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplos de respeto y acatamiento a la voz de los prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado”.

“Cerramos, venerables hermanos, esta ya larga carta rogándoos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la ciudad que nos habla el Angélico, tantos valores de civilización y de vida cristiana “. “El olvido de la verdad y de la virtud en el orden político, económico y social nos ha acarreado esta desgracia colectiva. A vuestra piedad añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado, para que se reconstruya pronto nuestra Patria y pueda llenar sus destinos futuros, de los que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga, con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación del comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu del hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron”.

“Nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibimos sin dejar abandonados los intereses de Nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir en el tremendo apelativo de ‘canes muti’, con el que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia”.

PER SEMPER FIDELIS

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